Mi identidad

La imagen rota en el espejo

By enero 29, 2020 febrero 28th, 2020 No Comments

¿Quién soy? Mi mente me dice que no soy lo suficientemente buena. No hago lo suficiente. Estoy en mal estado, rota, irreparable. 

Mi familia no tenía los medios financieros suficientes para obtener el sueño que yo quería, eso suponía que tenía que esforzarme al máximo. Siete años de universidad y ministerio en los que trabajé y luché para pagarlo todo yo sola: así fueron mis años de estudiante. Eso no cambió cuando me hice misionera. Vine a servir a Málaga, y derramé mi corazón y mi alma hasta que de repente no pude más.

El cuerpo me traicionó. Aún no había cumplido 30 años y cojeaba como una anciana. Primero cedió mi rodilla, luego mis problemas de espalda y en los pies empeoraron progresivamente. Cuando regresé a Estados Unidos apenas podía caminar.

Mi cuerpo se convirtió en una fuente de increíble dolor diario. Ni las citas con los médicos ni los quiroprácticos, fisioterapia, medicamentos, dieta, o cambios en la actividad diaria conseguían cambiar eso. Mi vida pasó de ir a 160 kilómetros por hora a estar completamente parada.

Los “deberías” fueron muy duros. “Debería” poder doblar la ropa sin dolor, “debería” poder esperar quince minutos de pie a que llegara el autobús, “debería” tener energía para trabajar y desear estudiar la Biblia. 

Estaba agotada: física, mental y espiritualmente. No importaba cuánto tiempo descansara. El dolor puede causar eso, agota toda la energía que tienes y te exige cada vez más.

Esto comenzó a definir mi identidad. Me miré en un espejo roto mientras mis sentimientos, expectativas y quién yo creía que era se hicieron añicos. Soy muy trabajadora pero cuando no puedo trabajar puedo ser mi peor enemiga. Cuando miraba al espejo y veía la imagen rota de mí misma me venían a la mente palabras como vaga, holgazana e inútil.

La verdad es que, por mi cuenta, nunca seré lo suficientemente buena. ¿No nos hemos quedado cortos todos en comparación con Dios? 

Curiosamente, el dolor me dio espacio para darme cuenta de quién era yo realmente, y una parte importante de eso es que tengo valor inherente (Gen. 1:27). Otra es que mi identidad auténtica y aún por hacerse perfecta está escondida en el misterio de Cristo (Col.3:3).

Tanto si tengo dolor como si no, si puedo trabajar o no, sigo teniendo valor porque soy una persona.

No puedo permitir que el mundo o la cultura cristiana definan mi valor. Dios me ama incluso cuando estoy exhausta y cansada. Cualquier trabajo que pueda darle a Él será gustosamente aceptado si viene de una fuente de adoración y amor, como la ofrenda de la viuda pobre (Marcos 12:41-44). Sólo el evangelio me forma y me cambia. Debo vivir estas verdades tan apasionadamente como pueda. Dios conoce mi corazón y mis motivos mejor que yo misma o que cualquier otra persona.

Soy amada y deseada por Dios. Soy una mujer valiosa.

-Jenny